La Selección, en tiempos de risas robadas
No me caso con el ganó, empató, perdió. No me interesa si la Selección esta noche, tipo 23, da la vuelta olímpica o no, aunque prefiera lo primero.
Me quedo con la sensación que nos despierta la Selección Argentina de fútbol.
No me quedo con el negocio que lo rodea, ni el que rodea esta Copa América lamentable, jugada en canchas de fútbol americano, con el show estadounidense de pochoclos y salchichas en las gradas.
No me quedo con la frase “la Selección y el fútbol es lo único que abraza al rico y al pobre”. Convengamos que no debería haber pobres, que el plato de comida no debe faltar y que Loan en su pueblito correntino, debería maravillarse con esos muchachos corriendo atrás de la pelota.
En tiempos alargados de injusticias, de miradas caídas y de risas robadas, emerge un equipo. Humanos como nosotros y hoy poniendo el pecho al exitismo futbolero.
En realidad, el fútbol (como en su momento Fangio, Reutemann, la Generación Dorada, varios boxeadores y demás) es una de las actividades que nos conmueve a todos, nos paraliza, nos une, nos hace sentir vivos y de manera increíble nos hace transpirar nuestras propias ilusiones.
Defiendo el deporte y defiendo el fútbol porque soy hijo del club de barrio, del cuál surgieron todos estos muchachos que hoy desde las 21, van por un nuevo sueño, ganarle a Colombia y estirar esta tremenda racha positiva en finales.
Estos pibes, como yo hace años, y muchos que preceden y anteceden, también tenían esos sueños. Ellos fueron tocados por la varita mágica de la mano de su calidad técnica y amparo táctico para ser gestores de nuestras ilusiones que remoloneaban en aquellas almohadas de infancia.
Este domingo, de frío y sol, nos encuentra en esa cuenta regresiva. Acaso el fin de un proceso exitoso (campeón o no), el adiós de Di María, las dudas de Messi por seguir un poco más en el Seleccionado y los recambios generacionales mirando el próximo Mundial.
La rara presentación de la nostalgia. Porque este momento de finales de etapa lo descubre en un partido definitorio por una Copa. La calle melancolía abrazado con el grito sagrado de “Argentina, Argentina”. El puño cerrado y los brazos elevados hacia el cielo que es nuestro, celeste y blanco con el sol balbuceando alguna jugada de la Scaloneta. El pique de potrero, la gambeta artera y el gol que será de todos. Si es así que se grite fuerte. Y que retumbe ese fervor. Así en el fútbol como en la vida.
Fuente: Texto: Ezequiel Re




